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Lunes, 29 Septiembre 2014 11:25

FAMILIARES DE DOS DESAPARECIDOS DE LAS TAPONAS VIVEN EN LA ANGUSTIA

Escrito por  Por: Agustin Escobar
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Agustín Escobar Ledesma

El domingo 19 de agosto de 2012, Juan Díaz Guillén y su sobrino, Juan Ernesto Pérez Díaz y otros cuatro migrantes de Las Taponas, Corregidora, Querétaro, salieron a bordo de una camioneta Van, con la intención de cruzar a la Unión Americana. Sin embargo, el lunes 20 de agosto, al llegar a Nuevo Laredo, Tamaulipas, los dos primeros fueron detenidos y desaparecidos presuntamente por el cártel de Los Zetas, supuestamente porque debían cuotas atrasadas, no se sabe la cantidad, pero el cártel cobra 400 dólares por cada migrante que pasa por su territorio. A las otras cuatro personas les permitieron proseguir su camino después del respectivo pago en dólares o su equivalente.

 

Juan y Juan Ernesto eran migrantes circulares que, con el paso de los años y con la experiencia acumulada al cruzar la frontera norte una y otra vez de manera ilegal, se convirtieron en coyotes, debido a que cada vez que se iban a trabajar al Otro Lado, aprovechaban el viaje y se llevaban a cuatro o seis personas con ellos, cobrándoles 25 mil pesos a cada uno y, una vez en Estados Unidos, Juan y Juan Ernesto también se quedaban a trabajar en la construcción durante medio año y después retornaban a Las Taponas.

Desde aquel 20 de agosto de 2012, los familiares de los desaparecidos no volvieron a saber nada de ambos. Sin embargo, durante las primeras semanas posteriores al suceso, por los mismos teléfonos celulares de las víctimas, recibieron llamadas de presuntos integrantes del cártel de Los Zetas, quienes les exigían 125 mil pesos por cada uno “si es que querían volverlos a ver con vida”.

La desaparición y las llamadas telefónicas conmocionaron a las esposas de ambos. La de Juan Díaz Guillén, no sólo se quedó en el desamparo con sus triates de doce años, sino que, debido al fuerte impacto emocional, hoy sufre de diabetes mellitus; en tanto que la mujer de Juan Ernesto Pérez Díaz, se quedó con un niño y una niña pequeños y ahora ella es quien debe de trabajar para sostener a sus hijos.

Desde aquella fecha las dos mujeres se encuentran presas del pánico y la paranoia, además de que el temor a Los Zetas las mantiene encarceladas y por lo mismo no han acudido a presentar la correspondiente denuncia de la desaparición de sus esposos ante la Agencia del Ministerio Público; además, creen que, por la actividad que realizaban sus maridos, pueden tener complicaciones con las autoridades. Por lo mismo, ambas mujeres, así como otros de sus familiares, prefieren mantener sus nombres bajo reserva.

Tunas municipales

Las Taponas es una comunidad que cuenta con cerca de tres mil habitantes, con una mayoría de casas estilo California, levantadas con los dólares de los migrantes que cruzan el río Bravo. Lo peculiar del lugar es que tiene un pie en el municipio de Corregidora y el otro en el de Huimilpan. Son dos Taponas en una, solamente divididas por un arroyo y debe su nombre al fruto de un nopal que popularmente es identificada, indistintamente, como tapona o bondota. La tuna es de un rojo intenso y una gran cantidad de semillas, razón por la cual, si una persona come algunos de estos fruto, se puede “tapar”, es decir estreñir.

Tortillas

Dar con la casa esposa de Juan Díaz Guillén, es muy sencillo, ¿ve aquella casa color melón de dos pisos de zaguán negro? Ahí la puede encontrar porque a esta hora (mediodía) todavía está echando tortillas. En efecto, encuentro a la mujer torteando enormes tortillas de masa de maíz criollo, del que los campesinos cultivan en la región desde tiempos inmemoriales.

A un costado del zaguán la señora se encuentra bajo la sombra de un toldo de carrizo y cortinas de plástico para cubrirse del intenso sol y del aire que se desenvuelve por los callejones de Las Taponas; la señora está de pie, con una prensa metálica sobre una pequeña mesa a la altura del fogón; hace pequeñas bolas de masa de maíz que coloca sobre un pedazo de plástico y luego las prensa para colocarlas en un prieto comal sentado sobre una estufa Lorena, atizada con leños crepitantes.

La casa de la mujer es de dos plantas y el terreno en el que está edificada, dos albañiles construyen otra vivienda con los dólares que su hijo, recién casado, envía desde hace tres meses en que se fue a Estados Unidos, para contar con su propio hogar. En el patio también hay lugar para dos vehículos con placas de la Unión Americana que permanecen a la expectativa.

Coyote hambriento

¿La señora se enjuga las lágrimas de sus ojos por el humo que sale del fogón mientras echa tortillas al comal, o debido a la angustia de no saber nada de su esposo desaparecido en el 2012? Al parecer son ambas causas las que provocan el llanto de esta mujer que elabora y vende tortillas para mantener a sus hijas trillizas.

Su llanto me conduce a “Nonantzin ce”, poema de Nezahualcóyotl: “Madre mía, cuando me muera,/ entiérrame junto a tu hoguera/ y cuando vayas a hacer las tortillas,/ ahí llora por mí./ Y si alguien te preguntara:/ -Señora, ¿por qué lloras?/ Dile que está muy verde la leña/ y te hace llorar con tanto humo”.

A esta mujer campesina de cuarenta años el mundo se le vino encima desde que su marido desapareció. Le pregunto que si denunció la desaparición de su esposo. La respuesta es una interrogante que no admite réplica “¿Pero qué no sabe que Los Zetas y el gobierno son los mismos? Con decirle que al año en que mi esposo desapareció, aquí al rancho llegaron unos soldados que andaban patrullando el lugar y uno de ellos, entró aquí y se paró en el mismo lugar en el que está usted y me preguntó que si mi Juan todavía no regresaba de Nuevo Laredo. Qué voy a andar yendo al Ministerio Público ¿pa’qué?”.

La señora señala que durante los primeros meses de la desgracia que pesa sobre sus hombros estuvo sumamente deprimida, no hablaba con nadie del tema, sin embargo, poco a poco pudo salir del hermetismo que la asfixiaba y ahora, aunque tenga que secar de manera constante las lágrimas que no la abandonan, expone su ingente situación ante cualquier persona.

La señora tiene el rostro ajado por la pena y su cutis, que algún día fue blanco, ahora luce requemado por el sol; calza zapatos tenis que están mojados por el charco de agua en el piso de tierra y cuya humedad se ha trepado al pants desgarrado que viste. En el suelo, al igual que su ánimo, también están tres pequeños envases de medicamento que le ayudan a normalizar la glucosa, debido a que, cuando desapareció su marido, la diabetes se le presentó en su vida, llevándose veinte kilogramos de su ser.

Mientras aplasta la masa en la prensa, la realidad, su realidad, la aplasta a ella, una y otra vez hasta exprimirla y sacarle algunas lágrimas más. Sus tres hijas adolecentes, se encuentran silentes y sentadas en unos troncos que hacen las veces de bancos y escuchan contritas y agachadas a la mujer que llora y narra la pena que le corroe el alma, cual cáncer que ha hecho metástasis en su vida.

No se olvida

Los familiares de Juan Díaz Guillén y Juan Ernesto Pérez Díaz tienen grabada con fuego la fecha del 20 de agosto de 2012, cuando ambos fueron detenidos y desaparecidos, supuestamente por el cártel de Los Zetas y también quedaron marcados por el miedo, la angustia, las enfermedades, la indefensión, el abandono y la desintegración.

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