Voz de la Sierra

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La guerra en Irán y tu bolsillo

 

 

  • ¿Has oído hablar del estrecho de Ormuz? Hoy es un cuello de botella que puede encarecer tu despensa.

 

Lo que está pasando en el estrecho de Ormuz parece, a primera vista, un conflicto lejano entre potencias. Pero en realidad es una de esas historias que empiezan en Medio Oriente y terminan en el ticket del súper. Ormuz no es cualquier punto del mapa: es el paso más importante del comercio global de energía y fertilizantes. Por ahí transita cerca del 20% del petróleo mundial, además de gas natural y una parte relevante de los insumos agrícolas.

Hoy, ese flujo está prácticamente paralizado. El tráfico marítimo ha caído de forma drástica en algunos momentos y, cuando una arteria de este tamaño se bloquea, el impacto no tarda en sentirse. El error más común es pensar que esto solo afecta la gasolina. No. El verdadero golpe viene por otro lado: los fertilizantes. Aproximadamente un tercio del comercio mundial de fertilizantes pasa por esa zona. Insumos clave como la urea, el amoníaco y los fosfatos dependen de esa ruta, y la urea —el fertilizante más utilizado— sostiene cerca de la mitad de la producción mundial de alimentos.

Si ese flujo se interrumpe, la ecuación es simple: menos fertilizante, menor rendimiento agrícola y alimentos más caros. Analistas ya advierten que, en escenarios extremos, la producción agrícola podría caer de forma significativa en las primeras cosechas afectadas. Pero hay un punto clave: esto no se siente de inmediato. El impacto en alimentos tiene un desfase de entre seis y nueve meses. Es decir, lo que hoy ocurre en Ormuz puede reflejarse en la inflación hacia finales de 2026.

A esto se suma otro factor: los fertilizantes dependen del gas natural. Si el gas sube por el conflicto, el costo de los fertilizantes aumenta aún más. Es una tormenta perfecta.

Las primeras señales ya están sobre la mesa. El petróleo ha superado niveles los 100 dólares por barril y los combustibles han subido en distintos países. En México, esto no se ha trasladado con la misma intensidad gracias a la política de estímulos implementada por la Presidenta Claudia Sheinbaum para estabilizar los precios, pero ese costo no desaparece: se absorbe vía finanzas públicas. Al mismo tiempo, los costos logísticos internacionales —seguros, fletes y transporte— se han encarecido de forma importante.

Y no se trata solo de energía. El cierre también ha impactado cadenas de suministro de químicos, plásticos, aluminio y, de manera crítica, el flujo de alimentos y ayuda humanitaria. No es un problema sectorial, es un fenómeno sistémico.

Como siempre, el impacto no será parejo. Los más afectados serán los países importadores de alimentos, las economías con mayor nivel de endeudamiento y, sobre todo, los consumidores de ingresos medios y bajos. Esto puede intensificar la presión sobre el costo de vida a nivel global, especialmente para los sectores más vulnerables.

 

México no es inmune, aunque tampoco es el país más expuesto. Sin embargo, hay tres canales claros de impacto: una mayor inflación importada en granos, fertilizantes y alimentos procesados; presión en gasolina y transporte pero contenida hoy; y finalmente un entorno de tasas de interés más cauteloso a nivel global y del Banco de México, que podría frenar o ralentizar la baja en costo de préstamos de dinero que beneficiaría a quienes tienen o buscan crédito.

La lección es clara. La economía global sigue dependiendo de puntos críticos extremadamente frágiles. Un estrecho de apenas 34 kilómetros puede alterar lo que cuesta producir alimentos, lo que pagas por gasolina y lo que terminas gastando en el súper.

El bloqueo de Ormuz no es solo una noticia internacional. Es una advertencia. También es un recordatorio de que los conflictos armados mal calculados tienen efectos mucho más allá del terreno político o militar.

Porque en un mundo interconectado, los efectos negativos ya no viajan en semanas… viajan en precios. Y esos, siempre terminan llegando a casa.

 

Arturo Maximiliano García P.

Diputado Local (MORENA)