Voz de la Sierra

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Cabeza fría: el cálculo estratégico de México.

Por Arturo Maximiliano García

El momento que atraviesa la relación entre Estados Unidos y México exige exactamente lo que la presidenta Claudia Sheinbaum ha resumido en una frase aparentemente sencilla, pero profundamente estratégica: cabeza fría. En términos prácticos, significa analizar antes de actuar, resistir reacciones emocionales y entender que, en un entorno geopolítico altamente volátil, cada decisión puede marcar la diferencia entre una disrupción innecesaria o una oportunidad en un orden global en transformación.

Mientras algunos gobiernos han optado por la confrontación abierta con el presidente Donald Trump, la posición de México es estructuralmente distinta. Pocas relaciones bilaterales en el mundo son tan integradas económicamente, tan sensibles políticamente y tan relevantes estratégicamente como la que une a ambos países. Las decisiones que se tomen a ambos lados de la frontera en los próximos meses tendrán efectos directos sobre las cadenas de suministro, los flujos de inversión y la estabilidad económica de América del Norte.

La administración Trump ha abierto múltiples frentes de manera simultánea. En el plano externo, las tensiones se extienden hoy a Europa, China, Medio Oriente, América Latina, la OTAN y Ucrania, junto con una renovada agenda arancelaria y amenazas comerciales. En el frente interno, la Casa Blanca enfrenta presiones inflacionarias persistentes, choques abiertos con la Reserva Federal, investigaciones judiciales, fracturas dentro del movimiento MAGA y un Partido Demócrata que ya se prepara para las elecciones intermedias de 2026.

No se trata de afirmar que no exista una lógica política en Washington. La hay, pero es electoral y de corto plazo. La capacidad de gobernar del presidente depende de manera crítica de conservar el control de la Cámara de Representantes. La historia no juega a su favor. Desde 1934, el partido del presidente ha perdido en promedio 26 escaños en la Cámara en las elecciones intermedias, de acuerdo con el Congressional Research Service. La pérdida de esa mayoría limitaría severamente su margen de maniobra para impulsar una agenda unilateral.

A ello se suma un desgaste temprano en la opinión pública. Los promedios de encuestas agregados por FiveThirtyEight muestran que la aprobación de Trump ha caído ya a niveles cercanos al 40–43 por ciento en los primeros meses de su segundo mandato. La inflación sigue siendo la principal preocupación del votante estadounidense. Datos del Bureau of Labor Statistics confirman que los precios continúan creciendo por encima del objetivo de 2 por ciento de la Reserva Federal, con vivienda, alimentos y energía presionando de manera constante el costo de vida. Esta realidad doméstica acota de manera significativa el margen de acción internacional de Washington.

En ningún ámbito resulta esto más evidente que en la política comercial. México ya no es solo un vecino ni un socio regional: es el principal socio comercial de Estados Unidos. De acuerdo con el U.S. Census Bureau, el comercio bilateral superó los 860 mil millones de dólares en 2024, por encima de China y Canadá. México es hoy el mayor destino de exportaciones estadounidenses y su principal proveedor en sectores estratégicos como la industria automotriz, electrónica y manufactura industrial.

Una confrontación comercial abierta con México elevaría de inmediato los costos de producción para la industria estadounidense, interrumpiría cadenas de suministro profundamente integradas y presionaría al alza la inflación interna, precisamente el tema que más amenaza las perspectivas electorales republicanas rumbo a las elecciones intermedias.

Al mismo tiempo, Europa comienza a endurecer su postura frente a Washington. La Comisión Europea ha discutido abiertamente la activación de su llamado instrumento anti-coerción, un mecanismo que permitiría no solo imponer aranceles de represalia, sino también restringir el acceso de empresas estadounidenses a mercados de servicios y a la contratación pública en la Unión Europea. Como bloque, la UE sigue siendo el principal destino de exportaciones estadounidenses.

En este contexto, resultaría económica y políticamente inviable para Estados Unidos sostener una escalada comercial simultánea contra sus dos principales mercados, por lo que es en este espacio estratégico en el que debe moverse México.

La insistencia de la presidenta Sheinbaum en una diplomacia paciente, institucional y calibrada refleja una lectura precisa de las restricciones políticas reales que enfrenta la administración estadounidense. Una postura reactiva solo elevaría tensiones en un momento en que el verdadero poder de negociación proviene de la centralidad económica de México para la prosperidad industrial de Estados Unidos.

“Cabeza fría” no es pasividad. Es razón de Estado.

México se encuentra hoy en una posición privilegiada dentro de la reconfiguración geopolítica global: los flujos de nearshoring se aceleran, la relocalización manufacturera avanza y la integración productiva de América del Norte se profundiza. Pocos países tienen tanto que ganar en un orden económico multipolar, siempre que administren su política exterior con disciplina estratégica.

Este no es un momento para la política estridente. Es un momento para el gobierno serio, en un mundo definido por la incertidumbre, la principal ventaja comparativa de México no es la confrontación, sino la credibilidad. Y en geopolítica, la credibilidad es poder.