Voz de la Sierra

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Una mascota es un compromiso, ahora también constitucional y es que México dio recientemente un paso relevante al elevar a rango constitucional la protección de los animales, reconociéndolos como seres sintientes y estableciendo la obligación del Estado de garantizar su bienestar. No es un cambio menor. Implica que el trato hacia los animales deja de ser solo un asunto ético o cultural, para convertirse también en un tema jurídico, con implicaciones directas para las personas.

Pero más allá de la reforma, hay una realidad cotidiana que no cambia por decreto: tener una mascota sigue siendo, ante todo, un compromiso. Y no uno simbólico, sino económico, de tiempo y de responsabilidad.

En México, millones de perros y gatos viven en situación de calle. La gran mayoría no nació ahí; llegaron como resultado de decisiones humanas: compras impulsivas, regalos mal pensados o simplemente abandono. La reforma constitucional busca atender el problema desde el marco institucional, pero el origen sigue estando en lo individual.

Tener una mascota no es adquirir un objeto, es asumir una obligación permanente. Desde el primer día implica gastos fijos que muchas veces se subestiman. Alimentación, vacunas, desparasitación, consultas veterinarias, esterilización y, eventualmente, tratamientos por enfermedad o accidentes. A esto se suman los costos menos visibles pero igual de reales: tiempo, cuidados, limpieza y, en muchos casos, servicios como pensiones o paseadores cuando la rutina personal no permite atenderlos directamente.

Es fácil dejarse llevar por la emoción que genera un cachorro o por la presión familiar de tener una mascota en casa. Pero pocas veces se hace el ejercicio completo de dimensionar lo que implica ese “sí”. Porque ese “sí” no solo es afectivo, también es financiero. En términos prácticos, una mascota se convierte en un gasto recurrente que puede acompañar a una familia durante diez, quince o incluso más años.

Además, hay costos indirectos que rara vez se consideran. El deterioro de muebles, ropa o espacios en el hogar forma parte natural del proceso de adaptación y aprendizaje de cualquier animal. El tiempo dedicado a su cuidado también tiene un valor, aunque no siempre se contabilice. Incluso la logística cotidiana puede cambiar: viajar, salir por periodos prolongados o reorganizar horarios deja de ser tan sencillo cuando hay un ser vivo que depende completamente de ti.

El problema se agrava cuando las decisiones no son informadas. Regalar una mascota, por ejemplo, puede parecer un gesto noble o afectuoso, pero en realidad implica transferir una responsabilidad de largo plazo sin certeza de que quien la recibe está dispuesto —o puede— asumirla. En ese sentido, más que un regalo, muchas veces lo que se entrega es un compromiso económico.

La reciente reforma constitucional pone sobre la mesa algo que ya era evidente: la relación con los animales también es una cuestión de responsabilidad social. El abandono, el maltrato y la reproducción descontrolada no solo afectan a los animales, sino que generan costos para toda la sociedad, desde temas de salud pública hasta presión sobre recursos municipales.
Por eso, antes de tomar la decisión de tener o regalar una mascota, vale la pena hacer una pausa. No desde la emoción, sino desde la responsabilidad. Preguntarse si se cuenta con el tiempo, los recursos y la disposición para cuidar de un ser vivo durante años. Y si la respuesta no es un sí claro, lo más responsable es no avanzar.
En ese contexto, la adopción se presenta no solo como una alternativa, sino como una decisión socialmente responsable. Existen miles de animales esperando una oportunidad en refugios y asociaciones, muchos de ellos ya vacunados, esterilizados y listos para integrarse a un hogar. Adoptar no elimina los costos ni las responsabilidades, pero sí contribuye a reducir un problema que es, en esencia, colectivo.
La reforma constitucional es un paso importante, pero no suficiente por sí sola. Las leyes pueden establecer principios y obligaciones, pero el cambio real ocurre en las decisiones cotidianas. Tener una mascota no es solo un acto de cariño; es un compromiso sostenido en el tiempo, con implicaciones económicas y legales cada vez más claras.
Porque al final, en temas de animales —como en los de dinero—, la responsabilidad no se delega. Se asume.

Arturo Maximiliano García P.
Diputado local (MORENA)