La Semana Santa vuelve a poner a México frente al espejo del turismo. Carreteras llenas, aeropuertos al límite, hoteles completos y playas que parecen no dar abasto. Es la temporada donde el país se confirma a sí mismo como potencia turística… y donde también quedan más expuestas sus contradicciones. Porque mientras millones se desplazan dentro y fuera del territorio, la pregunta de fondo no es cuántos vienen, sino cuánto valor estamos realmente capturando de ese flujo.
El turismo mundial ya no está en modo recuperación; está en plena expansión. En 2025 se registraron alrededor de 1,520 millones de llegadas internacionales, superando definitivamente los niveles previos a la pandemia. El gasto turístico global ronda los 1.9 billones de dólares. La competencia entre países no es por atraer turistas en abstracto, sino por atraerlos mejor: que se queden más tiempo, que gasten más, que regresen. Francia, España y Estados Unidos siguen dominando el mapa, acompañados por Italia y Turquía. No es casualidad: han convertido al turismo en una política estratégica, no en una suma de esfuerzos dispersos.
México ya está en esa conversación. De acuerdo con datos de ONU Turismo, el país se ubicó en el sexto lugar mundial por llegadas internacionales en 2024. No es una aspiración, es un hecho: México es uno de los destinos más visitados del planeta. En 2025, además, el flujo continuó creciendo, con cerca de 47.8 millones de turistas internacionales. El país no solo se recuperó, sino que consolidó su lugar en la primera división global.
Pero ahí mismo aparece la paradoja. En ingresos por turismo, México ocupa una posición considerablemente menor: alrededor del lugar dieciséis a nivel mundial. Es decir, somos una potencia en volumen, pero no todavía en captación de valor. Llegan muchos, pero el gasto promedio sigue siendo relativamente bajo frente a otros destinos líderes. Es la diferencia entre ser un país muy visitado y ser un país altamente rentable en términos turísticos.
La evolución reciente es positiva, pero insuficiente para el tamaño del potencial. Los ingresos por visitantes internacionales han alcanzado máximos históricos —cerca de 35 mil millones de dólares en 2025— y el turismo tiene un peso significativo en la economía: representa alrededor de 8% del PIB de manera directa —y hasta 15% si se considera su impacto total—, además de sostener millones de empleos. Sin embargo, la brecha estructural permanece: México crece, pero podría crecer mejor.
Esa brecha no es menor. El turismo moderno no se mide solo en llegadas, sino en derrama económica, distribución territorial y sostenibilidad del crecimiento. Un país puede recibir millones de visitantes y, aun así, capturar menos valor si la estancia promedio es corta, si el gasto se concentra en pocos enclaves o si la cadena de proveeduría local no logra retener suficientes beneficios. Los líderes globales han entendido esto: no basta con atraer turistas; hay que diseñar el sistema para que el turismo genere riqueza de manera consistente y equilibrada.
En México, el reto es más complejo porque el éxito mismo está tensionando a los destinos. Cancún, Tulum, Los Cabos, la Riviera Nayarit o incluso algunas ciudades coloniales viven presiones crecientes: saturación, servicios insuficientes, encarecimiento del suelo, deterioro ambiental. Por eso, hablar de turismo hoy implica necesariamente hablar de política pública integral. Más conectividad aérea, sí; mejor infraestructura, también. Pero sobre todo, planeación urbana para dar sustentabilidad al desarrollo de nuestros principales destinos turísticos, que se ven amenazados por el crecimiento sin orden y sin servicios, lo cual generará un colapso más temprano que tarde.
Ahí está una de las claves del siguiente salto. México no necesita descubrir el turismo; necesita gobernarlo mejor. Elevar el gasto promedio por visitante, diversificar destinos, integrar cadenas de valor locales y ordenar el crecimiento urbano no son tareas aisladas: forman parte de una misma estrategia. Los países que lideran el turismo mundial no lo hacen por accidente, sino porque alinean inversión, regulación y visión de largo plazo.
El contexto internacional, además, juega a favor. México tiene proximidad con el mayor mercado emisor del mundo, una conectividad natural con América Latina, una oferta cultural y gastronómica única y una diversidad geográfica difícil de replicar. Pocos países pueden ofrecer playas, ciudades históricas, turismo médico, naturaleza y grandes eventos en un mismo paquete. Con el Mundial de 2026 en el horizonte, la visibilidad internacional será aún mayor.
Pero la oportunidad también eleva la exigencia. Estar en el sexto lugar mundial no es solo un logro; es una responsabilidad. Porque el siguiente paso no es atraer más turistas, sino atraer mejor turismo. No es crecer en volumen, sino en calidad del ingreso. No es llenar más destinos, sino hacerlos sostenibles en el tiempo.
Semana Santa, con todo su movimiento, es una postal del éxito. Pero también es una advertencia. México ya es un gigante turístico. La pregunta ahora es si quiere seguir siendo un país muy visitado… o convertirse, de una vez por todas, en una verdadera potencia turística en términos de valor.
Arturo Maximiliano García P.
Diputado Local (MORENA)



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